Este año cumplo la edad con la que murió mi madre y creo que sí, eso tiene mucho que ver con mi manera de vivir con prisas. No recuerdo la última vez que disfruté de algo lento. Bueno, sí, posiblemente fue allá por 1º de BUP, calculo que en 1997, año arriba, año abajo. Yo pillé aquello de la LOGSE, así que soy mayor como para haber hecho BUP y pequeña porque ya no existía el COU e hice bachillerato, de ciencias de la salud para más señas.
Una tarde de sábado estaba en mi habitación pasando mis apuntes a limpio (sí, como buena amante de la papelería y los bolis de mil colores) y mi madre me preguntó:
—¿No sales con tus amigos? ¡Qué raro!
Ese día me había quedado en casa a pesar de que todos salían. Me apetecía pasar una tarde conmigo misma, mis bolis, en mi habitación, en soledad, sin horas, sin cosas que hacer, sin planes que completar. Echo de menos aquel día, la sensación de vivir sin prisas, y a mi madre.
Creo que desde entonces solo recuerdo vivir los días corriendo. Una cosa llevó a la otra: empecé a estudiar y trabajar durante muchos años, a tomar decisiones rápidas y pensarlas lo justo, para no perder el tiempo, el tiempo que ella no tuvo.
Es posible que la vida, la sucesión de decisiones tomadas en plena aceleración, las tecnologías, la exposición social aun cuando no apetece, y todas las miles de cosas que en los últimos años solo te dicen “vas tarde, vas tarde, ¡VAS TARDE!” tampoco hayan ayudado a llegar nunca más al ritmo de aquella tarde de sábado.
En estos últimos meses, después de unos años que prefiero no transitar ahora, en los que habité lo que llaman “la noche oscura del alma”, he frenado en seco. Entendedme, dentro de mis pocas posibilidades y con todos mis frentes abiertos. He pasado “apuntes” a limpio con bolis de colores, he anulado citas por quedarme en casa y he vuelto a disfrutar de los “¿hoy no haces nada?”. Aunque esas dudas ya no vengan de ella.
He corrido muchos años por vivir lo máximo, pero he vivido más en esas pequeñas paradas.
Aquí os dejo esta primera carta, escrita entre lágrimas, mientras duermen al lado mis florecillas, que me han enseñado a frenar y volver a disfrutar de los bolis de colores. Si por ellas fuese, todas las tardes.
Diana.
(Escrita el 26/2/26)